En la naturaleza, los colores llamativos no siempre están ahí para hacer bonito. Rojos intensos, amarillos, patrones de alto contraste, olores o sonidos pueden ser auténticas señales de advertencia. Para muchos animales, mostrar estos rasgos es una forma de decirle a un depredador: «mejor busca otra cosa para comer».
Esta estrategia se conoce como aposematismo y consiste en utilizar señales fácilmente reconocibles para advertir de una defensa real, que puede ser química, física o incluso conductual. Es bastante común en animales venenosos o tóxicos y funciona especialmente bien cuando los depredadores aprenden a relacionar una determinada apariencia con una mala experiencia.
Colores que esconden una defensa
Uno de los ejemplos más curiosos es la rana dardo de fresa (Oophaga pumilio). Su cuerpo rojo intenso y sus extremidades azuladas hacen que sea prácticamente imposible pasarla por alto. Y precisamente ese es el objetivo.

Imagen 1. Oophaga pumilio. Fuente: Exo Terra (s. f.). Oophaga pumilio
La piel de estas ranas puede contener potentes alcaloides tóxicos, pero hay algo todavía más interesante: no nacen con ellos. Los obtienen a través de su alimentación, principalmente mediante pequeños artrópodos como hormigas y ácaros que contienen estos compuestos. La rana los acumula en su organismo y los utiliza como defensa.
Así, sus llamativos colores funcionan como una primera advertencia de que detrás hay algo que puede resultar peligroso.
Algo parecido ocurre con la polilla de la hierba (Arctia plantaginis), cuya coloración sirve para advertir de su toxicidad. Además, puede liberar sustancias químicas defensivas desde distintas partes de su cuerpo.

Imagen 2. Arctia plantaginis. Fuente: Observation.org (s. f.). Arctia plantaginis.
Las serpientes de coral son otro ejemplo clásico. Sus bandas rojas, amarillas y negras forman uno de los patrones más reconocibles de la naturaleza y funcionan como señal de advertencia. En este caso, la amenaza es real: su veneno es principalmente neurotóxico y puede afectar al sistema nervioso, llegando a provocar parálisis respiratoria en casos graves.
Cuando el depredador aprende la lección
Para que todo esto funcione, el depredador tiene que aprender qué significa esa señal.
Imaginemos un animal que intenta comerse una presa llamativa y acaba llevándose un buen susto: un sabor desagradable, una picadura o una intoxicación. Si sobrevive, es bastante probable que recuerde esa experiencia y que la próxima vez se lo piense dos veces antes de acercarse a una presa con el mismo patrón.
Por eso, el aposematismo está muy relacionado con el aprendizaje y la memoria. Las señales deben ser fáciles de reconocer y asociar con el peligro. Si muchos individuos de una especie presentan el mismo patrón, el mensaje se vuelve todavía más fácil de aprender.
La selección natural puede favorecer estas características: los individuos que consiguen que los depredadores los eviten tienen más posibilidades de sobrevivir y reproducirse.
Pero este sistema también tiene un pequeño problema: se puede copiar.
Los tramposos de la naturaleza
Algunas especies inofensivas han evolucionado para parecerse a otras que sí son peligrosas. Es el conocido mimetismo.
No necesitan producir veneno ni tener una defensa especialmente complicada. Les basta con parecerse lo suficiente a una especie que los depredadores ya han aprendido a evitar.
Para el depredador, el riesgo de equivocarse puede ser demasiado alto. Si una presa tiene el mismo aspecto que otra que sabe que no debe comer, quizá simplemente decida dejarla tranquila.
La naturaleza, en cierto modo, también tiene sus impostores.
¿Y nosotros entendemos estas señales?
Los humanos no dependemos del aposematismo de la misma manera que muchos depredadores, pero tampoco somos completamente indiferentes a él. Los colores intensos y los patrones de alto contraste pueden hacer que percibamos determinados animales como más peligrosos.
Sin embargo, en nuestro caso el aprendizaje tiene un peso importante. Desde pequeños asociamos determinados colores, formas y animales con el peligro. Sabemos que una avispa puede picar o que algunas serpientes pueden ser venenosas porque hemos aprendido esa información, no porque exista un «sexto sentido» que nos permita reconocer automáticamente a todos los animales peligrosos.
Y aquí es donde el asunto se vuelve especialmente interesante: la apariencia no siempre cuenta toda la historia.
La seta roja y la seta de la muerte
Imagina que tienes delante dos setas. Una es blanca o marrón y bastante discreta. La otra es roja, brillante y está cubierta de puntos blancos, como si acabara de salir de un cuento infantil.
¿Cuál te parece más peligrosa?
Probablemente la roja.
Hablamos de Amanita muscaria, la famosa seta de los gnomos. Es tóxica y puede provocar síntomas gastrointestinales y alteraciones del sistema nervioso. Uno de sus principales compuestos, el muscimol, puede producir confusión, alteraciones de la percepción y alucinaciones.
Pero ahora viene la trampa.
La seta aparentemente más inocente puede ser mucho más peligrosa. Amanita phalloides, conocida como la seta de la muerte, tiene un aspecto bastante discreto y puede confundirse con algunas especies comestibles. Contiene amatoxinas, entre ellas la α-amanitina, que interfieren con procesos esenciales de las células y pueden provocar un grave daño hepático.
Además, sus síntomas pueden tardar horas en aparecer. Cuando comienzan los vómitos, la diarrea o el dolor abdominal, las toxinas ya pueden haber sido absorbidas y el daño hepático estar avanzando.
Y aquí tenemos una pequeña lección sobre el aposematismo: no todo lo llamativo es peligroso y no todo lo peligroso necesita llamar la atención.
La naturaleza no funciona con un código tan sencillo como «rojo = veneno». A veces una apariencia espectacular es una advertencia. Otras veces es un engaño. Y, en algunos casos, el organismo más peligroso de todos puede ser precisamente el que pasa más desapercibido.
Así que la próxima vez que veas un animal de colores imposibles, una polilla llamativa o una seta que parece sacada de un cuento, quizá merezca la pena preguntarse qué está intentando decirnos.
Aunque, por si acaso, si ves una seta roja con puntos blancos… admírala, pero déjala donde está.

Imagen 3. Amanita muscaria. Fuente: Gastronomía Vasca (s. f.). Amanita muscaria.